"¿Será que esto no es lo mío?"
Por qué Scott Galloway y Steve Jobs sugieren cambiar de métrica si querés construir una carrera con significado.
¡Bienvenido/a a Carrera y Debug Mental!
El costado humano del desarrollo profesional. Estrategia laboral, toma de decisiones, foco, hábitos y cómo nuestra mente determina la clase de profesionales que somos.
Cuando comencé mi camino en la programación uno de los mensajes que vi mucho tiempo, y que sigo viendo, más que nada en ofertas laborales, es el de que hay que sentir pasión por lo que hacemos, por esto a lo que nos dedicamos. Frases como:
“Buscamos a alguien apasionado/a por la resolución de problemas”
“Si te apasionan los datos...”
Bueno, así navegué mucho tiempo esta profesión. Cuando veía a otros dedicar muchas horas a proyectos personales, los fines de semana a construir repositorios con ideas, a probar frameworks o herramientas nuevas...sentí que esa era la forma de demostrar esa pasión.
Pensaba: “Tengo que demostrar que apenas puedo pensar en otra cosa. Las empresas quieren eso, y ahí está mi valor.”
El gran problema comenzó cuando un fin de semana no sentí pero ni el más pequeño deseo de tocar código ni ver una pantalla.
Llegué a preguntarme: “¿Será que esto no es lo mío?”
A muchos nos pasa en esta industria que sentimos que vamos detrás. Y que la única forma de estar al corriente es a través de amar lo que hacemos, de sentir pasión. A fin de cuentas, difícil que te quedes atrás en algo que te apasiona, ¿no?
El tema es que muchas veces el famoso consejo de “sigue tu pasión” genera más ansiedad que claridad.
Hace poco, leyendo el El Álgebra de la Riqueza de Scott Galloway, encontré un alivio. No es casualidad que aplicar esto de seguir la pasión nos cueste tanto.
¿Y si resulta que hay una métrica mejor para construir una carrera?
Según Galloway, la hay. Y es el talento.
La hipótesis de la pasión
Hay un ejemplo de la vida real que ilustra muy bien la diferencia entre sentir pasión por algo y seguir un talento.
Todos conocemos el famoso discurso que dió Steve Jobs en Stanford, allá por 2005. Aparte de hablar de nuestra mortalidad como eje para examinar nuestras vidas y decisiones, Jobs instó a los graduados a “encontrar lo que aman” y construir una carrera alrededor de eso.
Suena hermoso. El tema es que su propia carrera contradice ese consejo.
Antes de iniciar en Apple, Jobs tuvo varias pasiones: meditación, caligrafía, frutarianismo, etc. Su interés inicial en la tecnología fue construir un accesorio que permitiera realizar llamadas telefónicas a distancia gratuitamente.
Cuando finalmente recibió “el llamado”, no tenía nada que ver con ninguna de estas cosas. Su llegada a las computadoras fue a través de identificar un mercado para algo que su amigo Steve Wozniak había construido.
Jobs no empezó amando las computadoras. Se volvió muy bueno comunicando su valor. No construyó carrera alrededor de lo que amaba, sino alrededor de su talento.
Se volvió apasionado por el marketing de computadoras destinadas a usuarios hogareños, lo que él luego llamaría “bicicletas para la mente”, porque realmente era bueno en eso.
Esto lo expuso Cal Newport en su libro Tan bueno que no puedan ignorarte, desmintiendo lo que él llama “la hipótesis de la pasión”: esa idea cultural de que todos nacemos con un deseo profesional preinstalado que solo debemos salir a buscar.
Para muchos de nosotros, ese consejo no es accionable porque, honestamente, no sabemos qué es. E incluso cuando creemos tener una pasión clara, muchas veces está determinada socialmente, reflejando lo que nuestra cultura espera de nosotros.
O moldeada por el entorno. A veces es la cultura corporativa la que nos dice qué debería movernos, o mandatos familiares invisibles que nos empujan a ciertas carreras prestigiosas solo por inercia.
Si resulta que la pasión no es el punto de partida, sino una consecuencia, la pregunta cambia de eje:
¿Cómo empezamos a rastrear nuestros talentos reales?
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El Talento
Bajar esto a tierra no siempre es fácil. En nuestro caso como tecnólogos, es fácil pensar que el talento solamente tiene que ver con una habilidad técnica en particular. “Soy bueno con AWS” o “Se me da muy bien Python” podría decir yo y listo.
Pero el talento real suele ser algo mucho más sutil y transversal. Te doy un ejemplo.
A mi me encanta la música y el piano. Lo toco desde hace ya 12 años. Soy muy nerd de la música electrónica vintage, de esa que sonaba en las radios y discos de los 80/90. Y aunque lo intenté brevemente mediante mi banda tributo a bandas de esa eṕoca, no hice de la música mi eje profesional. No construí una carrera alrededor de eso.
Ahora bien, ¿qué talentos revelaron en mí todo este viaje? Varios:
Tengo buena tolerancia a la frustración
Soy bueno autoenseñándome e incorporando conceptos nuevos
Soy paciente con los procesos y constante con los objetivos
Pero sé cuándo es momento de cambiar la ruta cuando hay información (o debería decir “datos”, je) que me indica que otro camino es mejor
¿Dónde utilizo esos talentos? En mi trabajo como Data Engineer. Encontrarme el lunes con que una pipeline se rompió durante el finde no requiere habilidades musicales para arreglarla, pero sí la misma paciencia y tolerancia a la frustración.
Con esto en mente, tiene sentido que Galloway defina el talento así
“Un talento es cualquier cosa que puedas hacer que otros no puedan o no quieran hacer”
Viéndolo así, el trabajo duro es un talento. La curiosidad es un talento. La paciencia y la empatía son talentos.
¿Cómo encontrar nuestro talento?
Si el talento va más allá de una habilidad técnica, un título o una certificación, ¿cómo lo encontramos?
Galloway sugiere que la respuesta está en la exposición:
“Colócate a ti mismo en diferentes contextos, posiciones y organizaciones. Trabajo voluntario, trabajo gubernamental, deportes, etc. Distintos entornos revelan distintos talentos, asi que lo ideal es explorar varios.”
Para esto, es importante considerar no solamente nuestras habilidades, sino nuestras ventajas, diferencias, lo que somos capaces de tolerar, lo que nos hace únicos. Esto requiere tiempo, flexibilidad y autoreflexión.
Se trata de buscar evidencia real que revelen nuestros talentos reales.
¿Cuáles son esos roles que la gente nos pide que desarrollemos?
¿Dónde tuvimos éxito? ¿Qué patrones se repitieron ahí?
¿Qué tareas toleramos con calma que a lo mejor desesperan a nuestros compañeros?
Por ejemplo, si organizamos grandes fiestas, eso no significa que deberíamos ser un Planificador de Fiestas. Pero puede revelar que tenemos...
creatividad
organización
capacidad para publicitar y vender
habilidades de emprendedor o una habilidad para lograr que la gente haga lo que deseamos (ir a nuestra fiesta)
Y todos esos son talentos exportables.
A diferencia de la pasión, el talento tiene tres ventajas claras:
es observable y testeable
se vuelve mejor a medida que lo explotamos
puede ser más fácilmente convertible en una carrera que pague bien
Hacer aquello en lo que somos buenos crea un círculo virtuoso. Los logros vienen más rápido, lo que refuerza nuestra confianza y fomenta el esfuerzo enfocado.
No hace falta que sintamos un fuego místico inicial. Necesitamos la determinación para dedicarle las horas necesarias a eso que ya nos sale bien de forma natural.
Del talento a la pasión
Llegados a este punto, es válido preguntarse: “¿Entonces si tengo una pasión por algo, debería descartarla?”
Para nada. El objetivo de mirar esto con honestidad no es dejar de sentir disfrute, alegría o satisfacción para volvernos máquinas que solo explotan aquello en lo que son buenas. Si seguir un talento te vuelve miserable, definitivamente hay algo que reajustar.
La pasión no es el enemigo. El problema es quedarnos únicamente con la idea de que es el único motor inicial válido.
Si hay algo que te apasiona, el ejercicio interesante es investigar esa relación. ¿Qué disfrutás específicamente de eso? Es muy probable que detrás del disfrute esté el aspecto relacionado a tu talento.
Y ahí es donde ocurre la magia, el punto que más me impactó cuando leí a Galloway:
el desarrollo de un talento puede llevar a la pasión
Ese fuego viene de la maestría. Viene de la profunda satisfacción de hacer algo difícil, o algo que otros no quieren hacer y dedicar lo necesario para hacerlo aún mejor. Es ahí donde construimos lo que en la edición anterior llamábamos una pasión armoniosa: una relación sana con nuestra actividad, nacida del progreso real y no de una obsesión idealizada.
Como te comenté, me gusta mi rol como Data Engineer y me entusiasma todo lo que me falta aprender. No sé si diría que es la gran pasión de mi vida, pero explotar mis talentos en este rol me está llevando hacia allá, paso a paso.
Los profesores Bill Burnett y Dave Evans lo sintetizan de forma perfecta en su libro Diseñando tu vida:
“La pasión es el resultado de un buen diseño de vida, no su causa”.
No escribo esto desde un lugar resuelto. Yo también sigo calibrando mi brújula y buscando esos patrones en mis semanas. Pero me parece un alivio quitarle el peso a la obligación de “sentir pasión” por lo que hago, como si toda mi identidad tuviera que comprimirse en lo que hago de lunes a viernes, de 9 a 18.
O como si no tocar nada de código los findes demostrara que me “falta algo”.
Al final, construir una relación diaria con nuestro talento, dedicándole constancia y perseverancia para volvernos realmente competentes, tiene muchas más chances de producirnos satisfacción y significado que salir a perseguir un fuego místico.
Si dejás de buscar lo que te apasiona por un momento... ¿qué es eso que ya sabés hacer, o tolerar, un poco mejor que el resto?



Gracias por compartir una reflexión tan valiosa. Sin duda, son palabras que llegan profundamente y nos invitan a ahondar en nuestros talentos, así como a reflexionar sobre cómo aplicamos nuestra pasión para desarrollarlos y ponerlos en práctica.